PERÚ ME VOLÓ LA CABEZA

En el año 2019 sentí el llamado de un sueño que ya no admitía demora: descubrir Machu Picchu.

Partí desde mi ciudad, Rosario, rumbo a Lima, donde me dejé seducir por la energía de sus calles y el hechizo de su cocina ancestral. Pero la travesía guardaba aún un secreto mayor: desde la costa de Paracas emprendí un vuelo hacia uno de los enigmas más desconcertantes del planeta, las enigmáticas Líneas de Nasca.

Aquella experiencia se convirtió en un informe que, más tarde, encendió la chispa de un relato incluido en mi nuevo libro de cuentos fantásticos: Las Líneas. Allí me sumerjo en todas las hipótesis que intentan descifrar el misterio insondable de su origen, explorando la frontera entre lo humano y lo inexplicable.

Este cuento no solo busca narrar, sino sacudir la imaginación: promete abrir puertas hacia lo desconocido y dejar huellas en la mente de quien se atreva a leerlo.

Luego volé hacia Cusco, la majestuosa capital del alucinante Imperio Inca. ¡Qué lugar, por dios!

Debo confesar que la primera tarde me venció el apunamiento: apenas podía mantenerme en pie. Pero una pastilla mágica, ofrecida por la dueña del hotel, me devolvió la energía como a un nuevo Lázaro.

Con fuerzas renovadas, me encontré frente a las murallas imposibles de Sacsayhuamán, un rompecabezas colosal de piedras ciclópeas que parecen haber sido colocadas por gigantes.
Más tarde, recorrí la localidad y las ruinas de Ollantaytambo, donde el asombro me dejó sin palabras, atrapado en un silencio reverente.

Allí tomé el tren más espectacular que vi hacia Aguas Calientes,  la antesala del sueño. Y al amanecer siguiente, cumplí mi destino: Machu Picchu.
Es difícil escribir algo original sobre esta ciudadela suspendida entre nubes y montañas de ensueño. Pero cuando uno contempla en persona semejantes obras imposibles, comprende con certeza que algo esencial se perdió en los fríos textos de la historia.

Todavía no he escrito nada sobre Machu Picchu… pero sé que lo haré. Porque este misterio merece ser narrado con la intensidad de lo vivido y la vibración de lo eterno.

                                                                                                                                                                                                            Gonzalo GUMA

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Les comparto, como anticipo, un fragmento del Cuento inédito “LAS LÍNEAS” que —lo aseguro— va a volarles la cabeza:

“¡Cuánta seriedad, por Dios! No es de extrañar que no me permitieran exponer mis delirantes teorías conspiranoicas, más propias de una fantástica película de ciencia ficción que de una cátedra científica de alto vuelo como las que pudimos disfrutar hoy… Y, justamente, a ese ‘alto vuelo’ es a lo que quiero referirme.

A mi entender, todas las exposiciones tienen mucho de razón. No se puede simplificar un enigma que quizá sea el más desconcertante del mundo con una sola explicación. Más de mil figuras y líneas hechas durante más de seiscientos años, en un inmenso “lienzo” de más de mil km²; con diseños zoomorfos, como el Colibrí, el Mono y el Cóndor; antropomorfos, como nuestro famoso Astronauta, y geométricos, algunos de los cuales alcanzan varios kilómetros de longitud.

¿Para qué hacer algo semejante?

En sí, la forma de realizar materialmente estas misteriosas líneas no parecería tan complicada. Es casi como dibujar en arena mojada con un dedo. Claro, la arena no es como el seco desierto, que casi nunca se altera, pero el ejemplo sirve para ilustrar que, en términos técnicos, no es difícil trazar las líneas, a pesar de que cada una se hizo en un solo trazo continuo.

Por supuesto, no estoy considerando la enorme complejidad que implica la escala de sus dimensiones, ni el hecho de que no podían verificar cómo iban quedando ni cómo quedaron al final. Un pequeño detalle, ¿no? Es como si un ciego dibujara un colibrí…

¿Tendrían aviones? ¿Drones? ¿Globos? ¿Habrán utilizado cuadrículas para trasladar la escala de un modelo menor? Porque la escala no es un dato menor. ¿O sí?

 ¿Qué sentido tenía hacer figuras tan inmensas? ¿Por algo las hicieron tan grandes?

En cualquier caso, se trató de un esfuerzo colosal, llevado a cabo durante más de seiscientos años. Algunas figuras pueden verse desde ciertos cerros, o están en los cerros y se aprecian desde el llano, como el mencionado “Astronauta”. Me pregunto: ¿a quién estará saludando? Algunos afirman que ciertas líneas pueden observarse desde los cerros, pero que desde el llano pueden verse todas. Lo dicen para intentar descartar cualquier teoría que escape a la comprensión de sus cerradas mentes. Y es verdad, se ven… ¡Pero no se aprecian! ¡No se entienden! ¿Qué podría generar en los pueblos que las crearon al ver bajo sus pies líneas sin sentido? Lo digo por los supuestos ‘rituales’ para los cuales, según dicen, servían.

Y perdón que lo diga, pero encuentro mucha hipocresía en muchos de ustedes. Por un lado, veneran a la hermosa María, e incluso le dedican este lugar, aunque descartan de plano su hipótesis de calendario astronómico, porque no todas las líneas tienen orientación estelar. Y si bien es un argumento de peso, no utilizan la misma estricta vara cuando intentan denostar cualquier hipótesis vinculada a los dioses provenientes del cielo, cuando saben perfectamente que la mayoría de las líneas no se pueden apreciar desde el llano. No hace falta ni mencionar que muchos de los que están aquí presentes viven gracias a la fama mundial de las Líneas, que fue derivada de este tipo de hipótesis ‘conspiranoicas’. ¿O miento?

Y si todas las líneas pueden verse desde el llano o desde las colinas, ¿para qué se construyeron torres elevadas de observación para turistas?  ¿Por qué todos los días salen decenas de vuelos desde nuestros aeródromos?

Porque cuando uno las sobrevuela, todo cambia… todo cobra sentido. El colibrí es el Colibrí; el mono es el Mono; la araña es la Araña; y las pistas de aterrizaje… son las Pistas de Aterrizaje. Y los mensajes, porque las líneas son mensajes, desde el aire ¡adquieren sentido! Esta es, sin duda, la mayor y más maravillosa pizarra del mundo, repleta de mensajes.

La pregunta, entonces, es:

¿Quiénes eran los destinatarios de los mensajes de esta inmensa pizarra?

Como mencioné al principio, todas las exposiciones quizá tengan algo de razón, y las respeto. Sin embargo, ninguna ha logrado responder a la Gran Pregunta:

¿Para qué tomarse semejante trabajo creando figuras tan complejas y enormes durante más de seiscientos años, que no pueden apreciarse ni entenderse si no es desde el aire?

¿Con quién querían comunicarse? ¿Qué querían comunicar?

Debieron existir razones muy poderosas para justificar tanto esfuerzo y perseverancia. Y la respuesta, amigos, no se encuentra tanto en las personas que las hicieron, sino en los destinatarios de esos mensajes.

Las respuestas, amigos, no están en nuestro árido suelo, sino en el cielo…”